Allí están y nada dicen. Dicen combinatorias de ello o de aquello, pero no me sueltan.
En la mañana puedo disponer unos hábitos, principios de costumbres y me dejo llevar. Algo rojo.
Será demasiado.
Ese naranja, no. Pero si lo solapara con el verde, profundamente me confundiría con el empapelado. Exito a escala victoriana o posterior, incompatible con casi todos los cuartos menos este.
Maringold es un himno a un cardo, a una yerbera o todo lo que desfile en mi ignorancia sobre las flores. Pero solo las más tiesas se dejan retratar por el antojo de un taxidermista estético y entonces comienzo a pensar de la cintura para abajo sobre qué me puede faltar.