Me cuesta creer en este desierto. Sin embargo, debo: está acá y acá, todo alrededor y adentro, ineludible. El viento lacera, todo lo roe, no deja nada en pie para aferrarme. Paradójicamente, esta inmensidad me condena a la quietud, como una cárcel apretada alrededor del cuerpo, encorsetándome. Intento fundirme con la arena, desplazarme con el viento, volverme múltiple. Cómo me gustaría que cada partícula de mí descompusiera la luz en innúmeros colores. En la división de la división me volvería un dibujo borrado por el tiempo y el espacio, esas ficciones. Pero soy lo inmóvil y más: lo inconmovible. Soy el desierto, nunca la arena.